Él
era antiestético
cuando
digo “él” digo Néstor.
Eso
sí, sin mirar al cielo y promulgar llanto.
Ser
tuerto no es muy estético que digamos.
Hablamos
de las masas y la cultura y de todos esos textos que nunca vamos a
alcanzar a leer.
Yo,
soy
feliz con tan poco;
por
ejemplo,
me
divierto con la crueldad blanca de amagar que atropello palomas en
bicicleta,
o
imaginar formas bizarras de ser basura con autoridades que solo saben
autorizar la miseria,
o
intentar escribirte un poema por cuarta vez en la semana,
mientras
los compañeros me miran con aprobación,
como
si estuviera tomando un regimiento de apuntes.
Todos
dicen “perdón”
acto
seguido una apreciación coherente,
yo
intento una:
perdón,
pero
sos tan lindo que ya es falta de respeto.
Lo
más horizontal de esta organización soy yo,
acostada
sobre dos sillas mientras la reunión transcurre.
Un
chimpancé comiendo un asado,
un
cheto-boludo simulando que lee a Borges,
una
empleada del ANSES depilándose las cejas mientras atiende el
teléfono,
un
vendedor de panchos del Sarmiento que se le acabó el aderezo,
todos
los que se pintaron de bandera en vez de pueblo
(y
se tragaron todita la de “la revolución es imposible, lo nación-al
es lo que garpa”)
un
arbolito que ahorre en pesos,
un
turista que venda dólares a precio oficial,
Kicillof
proclamando patria haciendo la promo 300x1 a una bandada de
pajarracos,
un
chileno vendiendo viajes a la playa en La Paz,
una
chiquilla cambiando todas las os por x en un comunicado sobre la
opresión a la mujer,
un
estudiante trotskista hablandole a un laburante como si ambos
llevaran cursada media carrera de sociología,
Cristina
hablando de la deuda soberana como si un pueblo bajo dictadura
pudiera ejercer soberanía,
Moyano
y Barrionuevo jugando al ping pong el día del paro...
ellos,
todos ellos,
están
menos en cualquiera que yo,
cuando,
intentando
tirarte onda,
escribo:
parece
que pa encontrarte tengo que pedirle ayuda a la CIA...
anti-a-mén
(que
así -no- sea)
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