domingo, 21 de febrero de 2016

A la manera de las lagartijas



Te quiero a la manera de las lagartijas al sol.
En la casa de batallas de flechas invisibles de viento
y ejércitos imaginarios tan numerosos que no alcanzamos a ver,
un coligue era una espada,
y una muralla de ladrillos con musgo,
que no separaba ninguna parte,
fue el terreno donde aprendí que era el amor.
El muro era fácilmente escalable,
una vez colgamos una bandera hecha con los calzoncillos de mi hermano,
las niñas somos crueles.
La puntería que me salvó la adolescencia en las calles,
la obtuve tirándole piedritas a las lagartijas tornasoles.
A veces solo les cortaba la cola de un camotazo,
otras las aplastaba completamente y caían,
demasiado rápido como para que yo pudiera entender que eso era la muerte.
Las lagartijas seguían eligiendo la muralla porque ahí el sol pegaba todo el día,
calentando los ladrillos,
que de fiscales, como Chile,
no tenían nada.
Me gustaban los reptiles,
porque como yo tenían sangre fría,
seguro si un día se convertían en humanos,
tendrían las manos y los pies helados,
como los de mi mamá y los míos.
Las lagartijas querían al sol porque era distinto,
pertenecía y no a su mundo.
Nunca las vi sudar colgadas de la muralla de ladrillos,
pero estoy segura que arriesgaban su vida entre mis proyectiles
porque pese al calor luminoso,
seguían siendo ellas mismas,
y esa lección de amor, entre el sol y las lagartijas,
se sostenía en la insistencia del presente,
como si su sangre fría fuese capaz de congelar lo impermanente,
ese querer era un diálogo de presencias.
La lagartijas cerraban los ojos,
aferradas a la muralla,
sin miedo a perder la cola por obra y gracia de mis piedras.
Pero no podían agarrar con sus patitas elásticas el sol,
no fuera que fueran a quemarse.
Los cangrejos son otra historia,
son inmortales porque no tienen conciencia de la fragilidad de la vida,
o más bien,
ignoran que exista la muerte.
De ahí que puedan quedarse horas sobre una roca de una playa tranquila hasta evaporarse,
de ahí que la gente hable de la inmortalidad del cangrejo.
Por eso digo que te quiero como las lagartijas al sol y no como los cangrejos.
Porque ante tí,
proyecto algo mágico como una sombra,
de mi cuerpo aparecen y se saturan nuevos colores,
y se siente tan bien solo estar,

y me quedo aunque vuelen todos los piedrazos.

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