El
amor es una playa de mi país,
cuyas aguas dinamitaron los milicos en
Dictadura.
Vendieron los cochayuyos a los japoneses,
entre los kilos
de huiros se fueron llantos de peces y moscas vivas.
Acaso más vivos
que las manos apretadas, de los generales y los hombres de Tokio.
Mi
abuela conoció la arena blanca,
un día, pidió permiso a la
Capitanía de Puerto;
atravesó la península nadando.
Mi mamá
conoció la arena fina,
en su época no existían el cáncer y el
calentamiento global,
los niños colecccionaban costras x las
quemaduras del sol.
Al miedo,
mi mamá le vio la cara de adolescente.
Ahí, entre las filas de los almacenes, hoy extintos.
Mi mamá me
enseñó que lo único que no pueden racionar los ricos es la
alegría,
El 12 de Septiembre volvieron los kilos de arroz y las
latas de chancho chino.
Pero las sonrisas de harina y horno de barro,
desaparecían como el cochallullo.
Yo conocí una playa de arena
gruesa,
con espuma de basura,
a la que con mis hermanos le decíamos
nieve,
en enero y sin plata para comprar jugos congelados,
ya
entonces existía el cáncer y el miedo se doraba en horno
industrial.
Con mi hermana íbamos a las pocitas,
llamábamos al
liquen musgo,
las rocas grandes, tenían nombre propio,
temíamos a
la marea alta,
cuando bajaba pescábamos pececitos con nuestros
baldes.
Los que nunca atrapamos,
y crecieron en esas orillas,
nos
contaron, años más tarde,
cuando la playa fue devorada por las
piedras
(nunca más hubo algas que pudieran detenerlas)
nos contaron
que esas redes que terminaron en Japón,
tenían las lágrimas de las
compañeras y compañeros,
lanzadas al mar desde un avión,
amarrados
a piedras,
habían sido comidos por las jaivas,
vistas a su vez por
los peces,
lloraban a través de los peces.
Ellas, ellos, amaban
demasiado vivir,
para desaparecer así no más vueltos océano,
amarrados a esas piedras, que invadieron lo que era arena.
De ahí
que el amor puede ser, una playa de mi país.
Que dejó de ser playa,
que no es más patria.
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