Ansiedad como de ver un mail no abierto
con el nombre de una persona que quieres. Yo tal vez evoqué, como lo
hago tan bien, nunca sé si de ver siento nuevamente las cosas o
estoy recordando de forma particularmente invasiva. La noche
anterior, los recuerdos arrasaron hasta con el mismísimo presente,
tiñendo todo a la fuerza con mareas de tinta de otros meses y las
olas hicieron agua mi corazón, sus paredes se inflamarón y explotó
sin dolor en el vaso de agua del que me bebiste. Ahora nadas en tu
nido de cristal barato de TODO A $500 mas yo sé que lo dijiste por
decir, porque a mi no me engañes, tú no evocas con esa facilidad
mía de hasta sentir que la piel transpira, y esta vez no de
nerviosismo, en un Agosto de lluvia mezquina y sol de mentiras. Flor
de mentiras me has dicho ¡Pero dónde lo fuiste a declarar! Tú no
deberías saber apoyar la mitad derecha de tu cara de esa manera tan
hermosa, solo haces que mi evocación se vuelva más enamorada y
¿cómo es que te se te han esparcido cuerpos casi como por descanso?
No quiero llegar a anularme de esa manera, suena triste, pero no
querría ser como tú, pese a que te amé más que la felicidad
posible. El Centro me da terror, Santa Lucía me asusta, una pandilla
de prostitutas haitianas me persiguen y yo lloro, esa pareja de tipos
casi me asaltan, no lo hicieron porque llevaban las manos en los
bolsillos y los brazos pegados al tronco, en un fútil intento porque
el fresco de la noche no corriera por su piel. Nunca más antiamor,
nunca más. Fue todo una ficción de la que más valdría hablar
poco, que asco esto que no tenga respuesta, el centro no me puede
seguir aterrando tanto si en los subterráneos de 9 de Julio
deambulan locos que sienten excitación al tocar las manos de chicas
desconocidas, hay días en que se ven a si mismos como cangrejos y
quedan enganchados, y en cierto modo lo son, pues su inconsciencia
los hace inmortales; no saben que morir es posible, por eso tal vez,
los envidio y aborrezco a un tiempo. Los edificios de las periferias
son horribles y viven los pobres como piojos, encaramados en cemento
gris pintando de rosado pálido, casi damasco. Témeles cuando se
crean pitbulls y no suelten el brazo de las chicas hasta que puedan
quebrarlo de la mordida, dicen que se quedan un siglo prendados y con
el tiempo la afortunada aprende a planchar, andar en bicicleta y
cocinar tallarines con el loco-cangrejo y lo alimenta por sonda, le
cambia los pañales a fin que no ande con todos los pantalones
meados. Entonces, una tarde de lluvia en que no han podido dar su
habitual paseo por la plaza del barrio que no tiene ningún árbol de
más de un metro, ella le dice que por que no se casan y él no puede
contestarle con los ojos, porque ella aprendió a hablarle y él a
contestarle así a puras miradas, entonces ella sabe que no hay ni un
motivo en contra, y porque los hombres de su país solo hablan cuando
han de hacerlo oponiéndose, manda a hacer anillos baratos, ni
dorados, acaso de alpahaca, lo viste con una camisa de lino y ella se
pone un ceñido vestido de taps. En un sobrehumano esfuerzo de
flexibilidad (para el cual debieron entrenarse tres meses antes de la
noche de bodas) logran entrar a la mugrienta sala de ceremonias del
brazo y ese esfuerzo será poco comparado con el que harán horas
después para desvestirse mutuamente y hacerse el amor con tantas
ganas y tan poca capacidad para cansarse. Ya exprimidos y delirantes
de agotamiento el hace algo terrible, una de esas cosas que no
figuraron en los votos ni en las conversaciones previas, ni siquiera
la que tuvieron en que se confesaron, no queriendolo decir con las
palabras exactas, que ambos eran más virgenes que niño que nunca ha
conocido a mujer ni a cura. Delicadamente, en lo que podrían haber
sido sus tres meses post-matrimonio en que lo físico remplaza
cualquier acción agregada o posible, suelta, uno a uno, en
diagonal, cada diente, ya cubiertos de sarro y polvo. Abre la boca y
le entra aire, saca la lengua y la mueve de derecha a izquierda,
imaginando perversiones, se acerca a su esposa, que aguarda helada y
espantada, muda de asombro ante la sonrisa de niño de cristal que
tiene su marido, ese aspecto desconocido la hace dudar, como novia de
jipi que un día decide afeitarse solo por las continuas
reiteraciones intercaladas con promesas tiernas, y la chica se siente
infiel al tocar su cara de púber, la misma chica que a aumentado dos
veces el tamaño de sus ojos y en consecuencia se amplían las
cuencas de los mismos. Esa chica no es capaz de cerrar los condenados
globos y recibe el beso, recalquemos el primero, de su esposo. Y se
da cuenta que todas sus fantasías con Marlon Brando han sido más
que una porno de autor un manual religioso grabado de buenas
prácticas “maritales” (olvidémonos de agregar la palabra
se-x-ual). Él se hecha a reír ante la evidente excitación de su
mujer, ríe tan fuerte que lo escucha el vecino (que por su escondido
voyerismo no ha reclamado por los ruidos de los novios, mas si ahora
golpea la muralla de cholguán, delgada como papel). Ella lo mira
encantada, ríe precioso, el ríe por un minuto y se prolonga cuatro
más como si nada, no ha reído hace años, desde esa mañana que
decidió ser un pitbull y fue a sorprender a esa chilena, con ojos
aún de turista. Ríe tanto que comienza a dolerle la guata, siente
como los abdominales se le contraen y endurecen, agarrotados,
entonces su ombligo (hacia afuera; mal médico) se convierte en una
piedrecita, el abdomen se endurece también, hasta que sus piernas
son de roca, los brazos también, el corazón ya no palpita, solo
bombea lava que se solidifica taponeándole todo vaso sanguíneo. Lo
último en empiedrecerse son los dientes, que se quedan semiabiertos,
entonces la chica, que ha dejado de ser esposa si su esposo ha dejado
de existir, pone su brazo izquierdo, pues a fuerza de costumbre ya no
echa de menos su habilidad de zurda y va a buscar el telar, desde que
ha salido con el tipo del subterráneo que no termina la bufanda. Y
de ese Diciembre ya hacen muchas canas, cuando pensaba en los viajes,
hoy se resigna y evalúa, sin asco ni cercos morales, la posibilidad
de cometer necrofilia.
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