sábado, 29 de diciembre de 2012

pitbull cangrejo

Ansiedad como de ver un mail no abierto con el nombre de una persona que quieres. Yo tal vez evoqué, como lo hago tan bien, nunca sé si de ver siento nuevamente las cosas o estoy recordando de forma particularmente invasiva. La noche anterior, los recuerdos arrasaron hasta con el mismísimo presente, tiñendo todo a la fuerza con mareas de tinta de otros meses y las olas hicieron agua mi corazón, sus paredes se inflamarón y explotó sin dolor en el vaso de agua del que me bebiste. Ahora nadas en tu nido de cristal barato de TODO A $500 mas yo sé que lo dijiste por decir, porque a mi no me engañes, tú no evocas con esa facilidad mía de hasta sentir que la piel transpira, y esta vez no de nerviosismo, en un Agosto de lluvia mezquina y sol de mentiras. Flor de mentiras me has dicho ¡Pero dónde lo fuiste a declarar! Tú no deberías saber apoyar la mitad derecha de tu cara de esa manera tan hermosa, solo haces que mi evocación se vuelva más enamorada y ¿cómo es que te se te han esparcido cuerpos casi como por descanso? No quiero llegar a anularme de esa manera, suena triste, pero no querría ser como tú, pese a que te amé más que la felicidad posible. El Centro me da terror, Santa Lucía me asusta, una pandilla de prostitutas haitianas me persiguen y yo lloro, esa pareja de tipos casi me asaltan, no lo hicieron porque llevaban las manos en los bolsillos y los brazos pegados al tronco, en un fútil intento porque el fresco de la noche no corriera por su piel. Nunca más antiamor, nunca más. Fue todo una ficción de la que más valdría hablar poco, que asco esto que no tenga respuesta, el centro no me puede seguir aterrando tanto si en los subterráneos de 9 de Julio deambulan locos que sienten excitación al tocar las manos de chicas desconocidas, hay días en que se ven a si mismos como cangrejos y quedan enganchados, y en cierto modo lo son, pues su inconsciencia los hace inmortales; no saben que morir es posible, por eso tal vez, los envidio y aborrezco a un tiempo. Los edificios de las periferias son horribles y viven los pobres como piojos, encaramados en cemento gris pintando de rosado pálido, casi damasco. Témeles cuando se crean pitbulls y no suelten el brazo de las chicas hasta que puedan quebrarlo de la mordida, dicen que se quedan un siglo prendados y con el tiempo la afortunada aprende a planchar, andar en bicicleta y cocinar tallarines con el loco-cangrejo y lo alimenta por sonda, le cambia los pañales a fin que no ande con todos los pantalones meados. Entonces, una tarde de lluvia en que no han podido dar su habitual paseo por la plaza del barrio que no tiene ningún árbol de más de un metro, ella le dice que por que no se casan y él no puede contestarle con los ojos, porque ella aprendió a hablarle y él a contestarle así a puras miradas, entonces ella sabe que no hay ni un motivo en contra, y porque los hombres de su país solo hablan cuando han de hacerlo oponiéndose, manda a hacer anillos baratos, ni dorados, acaso de alpahaca, lo viste con una camisa de lino y ella se pone un ceñido vestido de taps. En un sobrehumano esfuerzo de flexibilidad (para el cual debieron entrenarse tres meses antes de la noche de bodas) logran entrar a la mugrienta sala de ceremonias del brazo y ese esfuerzo será poco comparado con el que harán horas después para desvestirse mutuamente y hacerse el amor con tantas ganas y tan poca capacidad para cansarse. Ya exprimidos y delirantes de agotamiento el hace algo terrible, una de esas cosas que no figuraron en los votos ni en las conversaciones previas, ni siquiera la que tuvieron en que se confesaron, no queriendolo decir con las palabras exactas, que ambos eran más virgenes que niño que nunca ha conocido a mujer ni a cura. Delicadamente, en lo que podrían haber sido sus tres meses post-matrimonio en que lo físico remplaza cualquier acción agregada o posible, suelta, uno a uno, en diagonal, cada diente, ya cubiertos de sarro y polvo. Abre la boca y le entra aire, saca la lengua y la mueve de derecha a izquierda, imaginando perversiones, se acerca a su esposa, que aguarda helada y espantada, muda de asombro ante la sonrisa de niño de cristal que tiene su marido, ese aspecto desconocido la hace dudar, como novia de jipi que un día decide afeitarse solo por las continuas reiteraciones intercaladas con promesas tiernas, y la chica se siente infiel al tocar su cara de púber, la misma chica que a aumentado dos veces el tamaño de sus ojos y en consecuencia se amplían las cuencas de los mismos. Esa chica no es capaz de cerrar los condenados globos y recibe el beso, recalquemos el primero, de su esposo. Y se da cuenta que todas sus fantasías con Marlon Brando han sido más que una porno de autor un manual religioso grabado de buenas prácticas “maritales” (olvidémonos de agregar la palabra se-x-ual). Él se hecha a reír ante la evidente excitación de su mujer, ríe tan fuerte que lo escucha el vecino (que por su escondido voyerismo no ha reclamado por los ruidos de los novios, mas si ahora golpea la muralla de cholguán, delgada como papel). Ella lo mira encantada, ríe precioso, el ríe por un minuto y se prolonga cuatro más como si nada, no ha reído hace años, desde esa mañana que decidió ser un pitbull y fue a sorprender a esa chilena, con ojos aún de turista. Ríe tanto que comienza a dolerle la guata, siente como los abdominales se le contraen y endurecen, agarrotados, entonces su ombligo (hacia afuera; mal médico) se convierte en una piedrecita, el abdomen se endurece también, hasta que sus piernas son de roca, los brazos también, el corazón ya no palpita, solo bombea lava que se solidifica taponeándole todo vaso sanguíneo. Lo último en empiedrecerse son los dientes, que se quedan semiabiertos, entonces la chica, que ha dejado de ser esposa si su esposo ha dejado de existir, pone su brazo izquierdo, pues a fuerza de costumbre ya no echa de menos su habilidad de zurda y va a buscar el telar, desde que ha salido con el tipo del subterráneo que no termina la bufanda. Y de ese Diciembre ya hacen muchas canas, cuando pensaba en los viajes, hoy se resigna y evalúa, sin asco ni cercos morales, la posibilidad de cometer necrofilia.

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