viernes, 22 de abril de 2011

Se acaban los taxis

Lluvia no era una palabra que pudiera ponerse entre Abril y mil y hacer una buena rima, abril cogollos mil, abril impuestos mil, abril lluvias mil, el cambio climático había sepultado la rima décadas antes. Sin embargo, como si el cielo quisiera defraudar a cada humano que gritara anunciando su comportamiento, al terminar el noveno día del mencionado mes, el pipí de Dios tocó los techos. Al oír el goteo incesante, la posibilidad de un chispeo apareció inmediata, no obstante, el proceso mental de todos, descartaba cualquier posibilidad si se tenía en cuenta la tarde soleada, el calor agradable y el hecho que hasta el Gobierno del cambio consintiera no cambiar el horario de verano, que seguiría operando los próximos dos meses, como un vestigio penoso e inútil de las terminables vacaciones. En consecuencia, cuando no se pudo explicar el sonido de las gotas estrellándose suavemente, como si prefirieran caer en paracaídas a un frenético suicidio, la gente tuvo que caminar dos metros hasta una ventana, y ante la maravilla de una llovizna inusual abrir las puertas y contemplar con la piel lo húmedo que se volvía el aire. Una lástima si nos detenemos en la conversación que mantenían dos escolares respecto a una teoría best seller que intentaba validarse mediante ejemplos de éxito re contra probado, resumiéndose afortunadamente como una suerte de ley de atracción, si enserio lo quieres, en serio se cumple. Escolar número uno dejaba de lado los ejemplos humanos y pretendía explicarle a escolar número dos que la desertificación y desforestación que tenía loco a Greenpeace no era más que un suicidio masivo de gran porcentaje de los árboles mundiales. Pero no para todos fue una interrupción desfavorable el tener que comprobar en totalidad de sentidos la realidad de la lluvia, para la Asesora del Hogar curiosa, que sacudía con un paño el velador de su Patrona ociosa, que probablemente estaría en la feria comprando matas de perejil o tejiendo muñequitas japonesas a croché, un nuevo foco de atención la salvó de la sicosis. Mientras limpiaba, no pudo dejar de observar la cubierta del libro que su Patrona pretendía leer, la tapa la absorbía la foto de una niña, de lentes y mirada penetrante, sentía que la estaba traspasando y la haría revelar todos sus secretos en voz alta a los útiles de aseo si algo, cualquier cosa, no la hacía apartar la vista. Para un aplicadísimo estudiante de cuarto básico, el asunto de la lluvia baño su estrés, tomó pan, tomó bebida y miró por su balcón diciendo: tomad y bebed, que este chaparrón me condenará a la gripe, enfermedad de duración estimada una semana, que me mantendrá alejado de los cuadernos y las diapositivas pseudo didácticas. El perro, perteneciente a una estirpe más antigua que cualquier cucaracha, movió su trasero a la izquierda, encogió sus patas y cerró los ojos, agradeciendo la disminución futura del tráfico peatonal. B siguió mirando su computador, había conectado una webcam al patio, no quería forzar sus rodillas caminando y maldecirse una vida tan poco sedentaria cuando tuviera 74. Un trío de indigentes pensaron (y es que la gente de la calle desarrolla el pensamiento conjunto mejor que cualquier telépata o profesor de reiki); se nos viene otro Invierno, a falta de agua no nos lavamos, nuestra suciedad apena, exceso de agua hasta las veredas nos lloran y las monedas caen rápidas como gotas. Y la vergüenza de un beso púber con lengua, se refugió detrás de un kiosko, un resfriado dicen que vale, el primer beso bajo la lluvia.

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