Te
quiero a la manera de las lagartijas al sol.
En
la casa de batallas de flechas invisibles de viento
y
ejércitos imaginarios tan numerosos que no alcanzamos a ver,
un
coligue era una espada,
y
una muralla de ladrillos con musgo,
que
no separaba ninguna parte,
fue
el terreno donde aprendí que era el amor.
El
muro era fácilmente escalable,
una
vez colgamos una bandera hecha con los calzoncillos de mi hermano,
las
niñas somos crueles.
La
puntería que me salvó la adolescencia en las calles,
la
obtuve tirándole piedritas a las lagartijas tornasoles.
A
veces solo les cortaba la cola de un camotazo,
otras
las aplastaba completamente y caían,
demasiado
rápido como para que yo pudiera entender que eso era la muerte.
Las
lagartijas seguían eligiendo la muralla porque ahí el sol pegaba
todo el día,
calentando
los ladrillos,
que
de fiscales, como Chile,
no
tenían nada.
Me
gustaban los reptiles,
porque
como yo tenían sangre fría,
seguro
si un día se convertían en humanos,
tendrían
las manos y los pies helados,
como
los de mi mamá y los míos.
Las
lagartijas querían al sol porque era distinto,
pertenecía
y no a su mundo.
Nunca
las vi sudar colgadas de la muralla de ladrillos,
pero
estoy segura que arriesgaban su vida entre mis proyectiles
porque
pese al calor luminoso,
seguían
siendo ellas mismas,
y
esa lección de amor, entre el sol y las lagartijas,
se
sostenía en la insistencia del presente,
como
si su sangre fría fuese capaz de congelar lo impermanente,
ese
querer era un diálogo de presencias.
La
lagartijas cerraban los ojos,
aferradas
a la muralla,
sin
miedo a perder la cola por obra y gracia de mis piedras.
Pero
no podían agarrar con sus patitas elásticas el sol,
no
fuera que fueran a quemarse.
Los
cangrejos son otra historia,
son
inmortales porque no tienen conciencia de la fragilidad de la vida,
o
más bien,
ignoran
que exista la muerte.
De
ahí que puedan quedarse horas sobre una roca de una playa tranquila
hasta evaporarse,
de
ahí que la gente hable de la inmortalidad del cangrejo.
Por
eso digo que te quiero como las lagartijas al sol y no como los
cangrejos.
Porque
ante tí,
proyecto
algo mágico como una sombra,
de
mi cuerpo aparecen y se saturan nuevos colores,
y
se siente tan bien solo estar,
y
me quedo aunque vuelen todos los piedrazos.