sábado, 30 de abril de 2011

Queque

Cuando la Revolución fue un hecho, el Señor Don Mister estaba en su tina intentando relajarse y todo lo que el Señor Don Mister intentaba, le salía estupendamente, tal fue la laxitud de su cuerpo que defecó ahí mismo y así, nadando en su propia mierda, fue que lo encontraron Los Quiltros. Cuando despertó, estaba en una pieza tan pequeña que lo hacía sentirse un queque dentro de su molde en el horno, si respiraba hondo sentía las murallas oprimiéndole el pecho. Sonaron unas risas, le pareció que provenían de su cabeza, no parecían tener origen en el espacio, como si nacieran y murieran constantemente en sus oídos. De pronto, cada poro de su piel amarillenta fue atravesado por una aguja, el lapso, tan microscópico, no le permitió sentir dolor. Que suerte, porque no podría haber abierto la boca para desquitarse, el maxilar lo tenía tan fijo a las paredes-molde que no podía ni articular un silbido. De pronto llegó, una energía desbordante lo hacía sentirse inmortal y superhéroe, sentía que podría correr una maratón y media sin cansarse, quería saltar y saltar como nunca lo había hecho en su infancia de obeso mórbido, quería fornicar, andar en bicicleta, jugar tenis en el Club con el campeón mundial de turno y claro, no podía moverse un milímetro. Involuntariamente comenzó a temblar, pero le dolía tremendamente, era como taladrarse sin ser capaz de desenchufar el taladro que uno mismo acciona. Pero la energía seguía ahí, obligándolo a moverse, con ganas de bailar salsa, él, que apurado había bailado el sobrio vals de su matrimonio, las risas siguieron, intentó controlarse, el dolor lo adoctrinó durante horas, hasta que se cuerpo agarrotado prefirió contener la energía que seguir golpeándose. De a poco fue disminuyendo, el Señor Don Mister recién tuvo cabeza para cuestionarse que hacía allí metido, no podía hablar, nunca fue un buen telépata y las risas inconstantes no le informaban mucho, le dolía especialmente la nuca, como si se hubiera golpeado. No recordaba más que el agua caliente, el cuerpo jabonado, su caca jabonándose y cerrar los ojos. No. lo último no lo había alcanzado a hacer, bien podían habérselos cerrado con un golpe, como tirar un telón a negro apretando un botón que haga aparecer las cortinas. Esto podía ser una nueva práctica sadomasoquista de Micky, se había enamorado de la innovación de su secretaria pero esto ya había pasado la cuenta, la energía fue mermando, ya no se sentía una bomba atómica con ganas de ser lanzada, Micky no le haría tanto daño o al menos el exceso de daño vendría aparejado con un exceso de placer. Esto tenía que ser otra cosa, de nuevo las agujas, otra vez el desborde energético, se convirtió en taladro y usó el dolor para inmovilizarse. Sin embargo, esta vez, fue aún más insoportable, querer pero no poder era lo más miserable que le había tocado vivir. Los días siguientes, Ellos (como llamaba a los autores de las risas, no precisaba si de su tortura) sustituyeron los intervalos entre una inyección y otra por lapsos de insoportable picor, tipo peste cristal intensificada y, naturalmente, permanecía sin rascarse. Al cabo de lo que le pareció un mes, se preguntó si podía considerarse ya un paralítico y concluyó que a los tullidos al menos les quedaba la resignación. A él le quedaba todo en una situación de sorprendente inutilidad, que claramente no era lo mismo. Antes del segundo mes, el Señor Don Mister aprendió, desconociendo la palabra exacta, que era la impotencia. Y para esta no le bastaba el viagra, para cuando llegó a esa insoportable afirmación, cada tantas risas, parecía escuchar, un par de lágrimas rodando. Se mentía diciendo que eran de pena (y no de alegría como evidentemente eran) y claro que le resultaba, porque casi todo lo que el Señor Don Mister se proponía, le salía estupendamente.




Sábato no lo habría leído.

lunes, 25 de abril de 2011

no panorámica


Me falta rigor y culpa

Mi ira se convirtió en un potro lento, ya impotente, que somete a las yeguas pasado mañana

Los conceptos claros mimetizan los matices;

Toda agresión de un hombre chileno es machismo

Todas las cosas que dice un borracho son justificables

Todos nos podemos superar

Ah, las totalidades absolutas tienen taaantas excepciones…



viernes, 22 de abril de 2011

Se acaban los taxis

Lluvia no era una palabra que pudiera ponerse entre Abril y mil y hacer una buena rima, abril cogollos mil, abril impuestos mil, abril lluvias mil, el cambio climático había sepultado la rima décadas antes. Sin embargo, como si el cielo quisiera defraudar a cada humano que gritara anunciando su comportamiento, al terminar el noveno día del mencionado mes, el pipí de Dios tocó los techos. Al oír el goteo incesante, la posibilidad de un chispeo apareció inmediata, no obstante, el proceso mental de todos, descartaba cualquier posibilidad si se tenía en cuenta la tarde soleada, el calor agradable y el hecho que hasta el Gobierno del cambio consintiera no cambiar el horario de verano, que seguiría operando los próximos dos meses, como un vestigio penoso e inútil de las terminables vacaciones. En consecuencia, cuando no se pudo explicar el sonido de las gotas estrellándose suavemente, como si prefirieran caer en paracaídas a un frenético suicidio, la gente tuvo que caminar dos metros hasta una ventana, y ante la maravilla de una llovizna inusual abrir las puertas y contemplar con la piel lo húmedo que se volvía el aire. Una lástima si nos detenemos en la conversación que mantenían dos escolares respecto a una teoría best seller que intentaba validarse mediante ejemplos de éxito re contra probado, resumiéndose afortunadamente como una suerte de ley de atracción, si enserio lo quieres, en serio se cumple. Escolar número uno dejaba de lado los ejemplos humanos y pretendía explicarle a escolar número dos que la desertificación y desforestación que tenía loco a Greenpeace no era más que un suicidio masivo de gran porcentaje de los árboles mundiales. Pero no para todos fue una interrupción desfavorable el tener que comprobar en totalidad de sentidos la realidad de la lluvia, para la Asesora del Hogar curiosa, que sacudía con un paño el velador de su Patrona ociosa, que probablemente estaría en la feria comprando matas de perejil o tejiendo muñequitas japonesas a croché, un nuevo foco de atención la salvó de la sicosis. Mientras limpiaba, no pudo dejar de observar la cubierta del libro que su Patrona pretendía leer, la tapa la absorbía la foto de una niña, de lentes y mirada penetrante, sentía que la estaba traspasando y la haría revelar todos sus secretos en voz alta a los útiles de aseo si algo, cualquier cosa, no la hacía apartar la vista. Para un aplicadísimo estudiante de cuarto básico, el asunto de la lluvia baño su estrés, tomó pan, tomó bebida y miró por su balcón diciendo: tomad y bebed, que este chaparrón me condenará a la gripe, enfermedad de duración estimada una semana, que me mantendrá alejado de los cuadernos y las diapositivas pseudo didácticas. El perro, perteneciente a una estirpe más antigua que cualquier cucaracha, movió su trasero a la izquierda, encogió sus patas y cerró los ojos, agradeciendo la disminución futura del tráfico peatonal. B siguió mirando su computador, había conectado una webcam al patio, no quería forzar sus rodillas caminando y maldecirse una vida tan poco sedentaria cuando tuviera 74. Un trío de indigentes pensaron (y es que la gente de la calle desarrolla el pensamiento conjunto mejor que cualquier telépata o profesor de reiki); se nos viene otro Invierno, a falta de agua no nos lavamos, nuestra suciedad apena, exceso de agua hasta las veredas nos lloran y las monedas caen rápidas como gotas. Y la vergüenza de un beso púber con lengua, se refugió detrás de un kiosko, un resfriado dicen que vale, el primer beso bajo la lluvia.